Arden los montes en el horizonte,
ocaso lustroso de sol,
el fuego se consume y la línea
es una brasa,
una larga puñalada de sangre
en la carne amoratada de un cielo
gris atardecido.
Contra la luz se dibujan las ramas
desnudas de un aterido abedul,
campanas lejanas tocan las siete,
fuera de eso, silencio.
