En la finca hasta he olvidado
la rutina de mi vida,
vida de pequeños gestos, sí,
gestos simples pero elocuentes,
para sugerir tu figura en mi leve figura.
En la fronda de castaños y abedul
desaprendo el lenguaje del reloj
la agenda de notas vacuas;
me he hecho tronco y rama,
busco una calma blanca y azul.
He abandonado la mirada corta,
estiro con la violencia de brazos y pies
los límites de un círculo
habitado abusivamente por el yo.
En los verdes espacios brota la danza,
no se permite otro deber que dejar,
dejar de lado y apaciguado,
el agobio que somete y posterga.
Sumergida en las aguas de su manantial
soy libre de oír entre las voces
mi propia voz;
de rimar el gozo, de amarme hasta el final.

