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sábado, 13 de septiembre de 2025

TITILA

 




Titiló la lucecita,

escalando el cielo de abril,

estrella leve y misteriosa

lucero en un oscuro carril.

 

Grácil, elevó su talle

y con desdén miró la lechosa

flor de algodón de la luna.

 

A carrera abierta

alcanzó el cenit nocturno,

Caliope de extraño nombre,

zafiro azul del firmamento.

 

Un mar de noches destelló

bailando altiva y solitaria.

Más cegada de su luz

cayó al núcleo de una galaxia.

Devino en Supernova, Enana roja

y en agujero negro humeante después.

ERAN SABLES

 



            Eran sables de lluvia

            silbando en el aire;

            agujas de sutura

            se impulsaban para caer

            musitando palabras feroces

                                            en la plaza.

            Una campana suelta tañía

        desconcertada

            insólita y blanda movida

            por la violencia del viento.

 

            Súbitamente todo calló

            y se vieron

            piedras lucientes en la calle,

            cristales de roca gris,

            aire invisible, mojado.

 

            Y mi alma escapó por el rastrillo

            que olvidó cerrar la tempestad.

EL POEMA


 


El poema no sabe callar

porque las olas empujan al mar 

y una semilla partió la tierra,

porque las brisas

cerraron y abrieron los mundos

en un instante de color inaprensible.

 Mas esa voz imperiosa, rimada

no se muestra,

es oscura,

canto mágico que sacia en la sombra.


Hoy,

 desnudo el verso,

sus enigmáticas metáforas, las palabras torcidas

hasta que ciego

palpo su pared rugosa,

toco una encendida rosa

y me cautiva.