Los árboles me desvelaron el secreto,
las nubes henchidas que contenían agua sublimada
como pechos de recién parida
me susurraron
que deseabas me pareciera a ti.
Ningún amante pidió tanto, ser afín,
ser otro yo, ser otro tú.
Es locura que intente conformarme a ti.
¿Cómo puede la tierra de la senda
ser espacio de ojiva, vano de tu casa
y la acequia ser torrentera?
No se puede meter la luz de los astros
en un oscuro cajón.
Diste mandato al caudaloso río
de correr aguas arriba y bautizarme
como a las piedras
de su largo cauce umbrío.

