A menudo llenó otras manos de monedas
con grandeza, antes pobre, humilde
disfrutaba obsequiando como un rey
pues
con tesón y suerte ganó
un capital hecho del mejor vino,
legado a los suyos,
más aborrecía hablar de irse o morir;
espantosa sería la hora final.
Nadie
lo presintió,
mas
fue admirable que la honorabilidad
de su longevo existir
se convirtiera en una armadura
de héroe invicto que, llamado al fin,
se
abrió en dulce asentimiento como una corola
al
sol de primavera.

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