I
Estremecidas las ramas de olivo
el secreto de esa noche velaron,
las hojas gris verde plata temblaron
al oír quejidos del Jesús vivo.
Se nubló el firmamento aún no estivo
y cúmulos de estrellas titilaron,
arriba los brillantes deslumbraron,
por Su querer pleno y definitivo.
Por detrás de un castaño retirado
surgió un querube, místico consuelo
del Padre sempiterno al Hijo amado.
Tras el silencio el prendimiento en vuelo;
gritos rasgados, a Jesús atado
lloró el torrente de Cedrón en duelo.
En la senda, Jesús cargó el madero,
en las sienes la corona clavada
de espino seco, de burla trenzada,
tres caídas padeció hasta el otero.
Escándalo, necedad, memez, pero
para quienes con fe fundamentada
se revisten de Él dejando su nada
es sabiduría y don verdadero.
Encontró a su madre virgen, María,
el Cirineo puso el hombro al Creador
Y Él imprimió su Faz en ese día.
Hubo flores, cálices de color,
ramas, brotes que la brisa mecía
junto a la majestad del Redentor.
De la cruz fluía su sangre herida,
transfigurada de vid en el altar,
es latido de nuestro caminar.
¡Qué ofrenda por nosotros ofrecida!
Al Padre le entregó el Reino, la vida;
murió el hombre para resucitar,
abrirnos los cielos a tierra y mar,
liberando al mundo con su venida.
Primavera, ya despuntó la aurora,
Se escucharon vítores de voz pura,
al Resucitado un ángel adora.
¡Oh, Cruz! Misterio de vida y dulzura,
confórtanos en nuestra postrera hora
y llévanos a la gloria futura.

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