No es tan fácil decir a quién me evocas,
quizás al común árbol de raíces
leñosas, bastante risueño, lúcido
de fronda removida por los dedos
del viento atardecido.
Permaneces en pie para que el monte
no se derrumbe; aguantas el solar
quemado de tu hermana amiga frágil,
dolorida, frustrada.
Un manzano en la línea inclinada
de ese monte serás, pudiendo ser
un árbol japonés,
pero escuchas que el mundo se hundiría
sin el gris ceniciento de tu tronco.
En tu sombra cobijas a quien pide
descanso, siseos de hojas,
sin preguntar el nombre ni la patria,
sin enredar, saliendo del apremio
como el aire se pasea entre las ramas.

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