En un escondite, desván oscuro
de un caserío de portal de piedra
se duplicaba el interés dormido
de una docena de monedas de oro,
un desconocido caudal
en la penuria familiar.
El gran Aitona Joxemiel
en un pañuelo pobre ató esas cecas
de antiguos reyes y redondos soles
para futuros descendientes suyos.
Mucho los quiso
y, a cada quién, una le dio,
¡oh, sí!, heredaron las pesadas piezas
eran dieciocho los kilates
de su amor de padre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario