Esta lluvia de marzo qué bien arrastra
el recuerdo;
las tablas en el cuarto de los niños jugando,
deja la recia ternura de las manos en las puertas,
esas labores huérfanas con la cuenta de los hilos
como los ritos en la mesa.
Llama a los atardeceres, a los domingos, al fuego,
lo que era verdad más allá de las palabras silenciadas
con su compás de invierno.
Y la música calma en la sala de espera del dentista.
Pero esta agua cae hoy
en el cauce de la memoria de mi ser.
Me pertenece. Me es fiel
en las viejas imágenes
en la melancolía malva de los regatos que lleva.
Quizá, en el sustrato del yo.

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