Para
recibirte en mi casa
hasta
alfombré la vereda con ramitas y hojas secas,
enlucí
la puerta con esmero
pues
quería que volvieras.
Para
recibirte en mi casa
atisbé
por la ventana alta.
Te
imaginé amable, sonriente
con
cabello oscuro y manos blancas.
Para
recibirte en mi casa
preferí
no vestir de largo ni calzar tacones,
sino
que vieras mi estatura de doncella
sin
adornos ni violetas.
Al
sonar de una esquila pasaste el umbral.
Te
abracé en silencio
pues
las lágrimas ahogaron el decir
de
las palabras preparadas.

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