Fuiste extraordinariamente atenta con las personas,
y hoy sigues irradiando calidez, un halo de bondad natural
a pesar del andador que llevas a todas partes
y conduces con la destreza de piloto.
Recia señora, tu cara está seca como el cuero al sol,
la espalda más curvada que un arco en tensión,
el pelo blanco y azul,
toda entera te envuelve una piel clara
salpicada de pequeñas manchas.
Cuando te agarro no vayas a caer,
tu carne me parece blanda y flexible
como la pelota de un niño.
¡Qué sagaces tus respuestas cuando no la esperamos!
y eso, a pesar de tu cabeza perdida;
y ¡cuánta luz despiden tus manos llenas
de consejos y golosinas!
Eres como sólido basamento que sostienes
con ligereza, sin dar importancia,
a toda nuestra dispersa familia.
¡Oh, vieja dama!
no quieres saber que eres la nave capitana.

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