Acudí a ti, pobre menesterosa,
en busca de material de construcción
para mis frágiles poemas de invierno;
tú me revelaste la húmeda primavera
y el sangriento otoño
más yo, carne helada, me volví vacía.
Miré para atrás,
no callaba la salmodia sobre tu
ingenio
y me forcé a mirarte de frente,
encender el candil y levantar el velo
de las palabras torcidas, de tus
oscuras metáforas
para encontrar arena
con la que fraguar cemento
y sostener el arco de mi cámara.
Aún me sorprenden tus inventos;
el desprecio por las palabras que
hilan,
por los nexos que llaman conjunciones;
y tu mayor aprecio por el ritmo
galopado, sincopado.
Así, escribí un poema, metapoema
reciente y asombrado.

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